Transcripción:
Su señoría, quisiera comenzar mi última palabra con el mismo pensamiento con el que en su día el apóstol Pablo inició su defensa ante los acusadores: «He vivido delante de Dios con toda buena conciencia hasta el día de hoy» (Hechos de los Apóstoles 23:1). Analizando los hechos que se me imputaron en este proceso judicial, una y otra vez llego a la conclusión de que no tengo por qué reprocharme —no maté, no herí a nadie, no robé nada ni engañé a nadie, no causé ningún otro daño a personas ni al Estado.
Sin embargo, la fiscalía pide que se me declare culpable y se me imponga un castigo. Bien, no soy el primero ni el último que se enfrenta a esto.
Un buen ejemplo de valor en circunstancias similares para mí es el profeta Daniel. Era funcionario estatal y cumplía responsablemente con sus deberes. Sin embargo, por orar regularmente a Dios, a Daniel se le acusó de desobediencia al rey y se le impuso un castigo severo: fue arrojado a un foso, o mazmorra, con leones, donde le esperaba una muerte inminente. Aunque Daniel sabía que algo así podía suceder, mostró valor y confió en Dios. Estaba seguro de que Dios le ayudaría en cualquier situación. ¡Y Daniel no se sintió defraudado! Al día siguiente, se dirigió al rey Darío con estas palabras: «Mi Dios envió su ángel y cerró la boca de los leones, y no me hicieron daño» (Daniel 6:22). A continuación explica por qué Dios intervino por él: «Porque delante de él fui hallado inocente; y aun delante de ti, oh rey, yo no he hecho ningún mal». Daniel no era un fanático religioso que desobedecía las leyes de su país. Era un ciudadano respetuoso de la ley y, al mismo tiempo, servía a su Dios de manera pacífica y leal. Señaló que su actividad religiosa no causaba perjudico alguno al rey. Daniel actuaba de acuerdo con su conciencia, aunque para ello necesitaba mucho valor. Entendía que sus acciones no perjudicaban a nadie, aunque pudieran no agradar a algunos. Finalmente, tanto Dios como la conciencia de Daniel, así como el …